domingo, 21 de agosto de 2016

Las Opiniones de los Remonstrantes en 1618

Las Opiniones de los Remonstrantes en 1618 

A. Opinión de los Remonstrantes sobre el primer artículo que trata del decreto de la Predestinación 

1. Dios no decretó elegir algunos a la vida eterna o reprobarlos de ésta, mismo antes de haber decretado la creación de estos hombres, sin cualquier consideración de la obediencia o desobediencia precedente, según su buena voluntad, para demostración de la gloria de su misericordia y justicia o de su absoluto poder y dominio. 

2. Visto que el decreto de Dios, al respecto de la salvación y perdición de cada hombre, no es un decreto de fin absolutamente determinado, sigue que ninguno de estos medios es subordinado al mismo decreto por el cual el elegido y el réprobo pueden ser eficaz e inevitablemente llevados a su destino final. 

3. Por tanto, no fue con este propósito que Dios creó, en el único hombre Adán, a todos los hombres en un estado de rectitud, no ordenó la caída o su permiso, no retiró de Adán la gracia necesaria y suficiente, no hace con que el Evangelio sea predicado y que los hombres sean exteriormente llamados, no deja de conceder ciertos dones del Espíritu Santo por medio de los cuales Él llevaría algunos a la vida eterna y priva otros del beneficio de la vida, Cristo, el Mediador, que no es solamente el ejecutor de la elección, pero también el fundamento del propio decreto de la elección. Así siendo, la razón, por la cual algunos hombre son eficazmente llamados, justificados, perseveran en la fe y son glorificados, no es porque fueron absolutamente elegidos para la vida eterna; tampoco es la razón porque otros son dejados en el estado de caída, no les siendo Cristo dado, o aun porque no son eficazmente llamados, permaneciendo endurecidos y condenados por estar absolutamente reprobados de la vida eterna. 

4. Dios no decretó, sin la ocurrencia de pecados actuales, dejar la mayor parte de los hombre en estado de caída y excluidos de toda esperanza de salvación. 

5. Dios ordenó que Cristo fuese la Propiciación por los pecados de todo el mundo, y, que en virtud de este decreto, Dios determinó justificar y salvar aquellos que creen en Él, administrando a los hombres los medios necesarios y suficientes para la fe, de modo que Él comprende estar en armonía con su sabiduría y justicia. Pero Él, de modo alguno, determinó, por virtud de un decreto absoluto, dar a Cristo como Mediador apenas al elegido y, a través de un llamado eficaz, concederle exclusivamente fe, justicia, perseverancia en la fe y glorificación. 

6. Nadie es reprobado de la vida eterna y de los medios suficientes para alcanzarla por algún decreto absoluto antecedente; así siendo, los méritos de Cristo, el llamado y todos los dones del Espíritu son capaces de beneficiar a todos los hombres para su salvación, y realmente benefician a todos los hombres, a no ser que, por un abuso de estas bendiciones, ellos las perviertan para su propia destrucción. Sin embargo, ningún hombre está predestinado a la incredulidad, a la impiedad o a la práctica del pecado, como medios y causas de su condenación. 

7. La elección de determinadas personas es definitiva, a partir de la consideración de su fe en Jesucristo y de su perseverancia, pero nunca sin considerar la fe y la perseverancia en la verdadera fe como condición previa para su elección. 

8. La reprobación de la vida eterna es hecha según la consideración de la incredulidad precedente y de la perseverancia en la misma, pero nunca sin considerar la incredulidad precedente y la perseverancia en ella. 

9. Todos los hijos de creyentes están santificados en Cristo, de modo que ninguno de ellos que dejar esta vida, antes del uso de la razón, perecerá. Así, ¡ninguno de los hijos de cristianos que dejar esta vida en su infancia y antes de cometer cualquier pecado actual, debe ser contado entre los réprobos! Por tanto, ni el sagrado lavar del bautismo o las oraciones de la Iglesia son los medios capaces de beneficiarlos con la salvación. 

10. Ninguno de los hijos de creyentes, bautizados en el nombre del Padre, del hijo, y del Espíritu Santo, viviendo en el estado de infancia, es contado entre los réprobos por un decreto absoluto. 

B. Opinión de los Remonstrantes sobre el segundo artículo que trata de la universalidad del mérito de la muerte de Cristo 

1. El precio de la redención que Cristo ofreció a su Padre es, en sí y de sí mismo, no solo suficiente para la redención de toda la raza humana, pero también fue pagado por todos los hombres y por cada hombre, según el decreto, la voluntad, y la gracia de Dios Padre, por eso nadie está absolutamente excluido de la participación en los frutos de la muerte de Cristo por un absoluto y antecedente decreto de Dios. 

2. Cristo, por el mérito de su muerte, ha reconciliado a Dios Padre con toda la raza humana, por cuenta de ello, el Padre puede y quiso, sin perjuicios para su justicia y verdad, hacer y confirmar una Nueva Alianza de la gracia con los pecadores, hombres pasibles de condenación. 

3. A pesar de Cristo haber merecido, por todos los hombres y por cada hombre, la reconciliación con Dios y el perdón de los pecados, aun así, según el pacto de la nueva Alianza de gracia, ningún hombre es hecho verdadero partícipe de los beneficios adquiridos por la muerte de Cristo, a no ser por la fe, tampoco son perdonados los delitos y ofensas de los pecadores antes de ellos, real y verdaderamente creyeren en Cristo. 

4. Solamente los hombres por quienes Cristo murió son obligados a creer que Cristo murió por ellos, pero aquellos que son llamados réprobos, por quienes Cristo no murió, no pueden ser obligados a creer en esto, ni pueden ser justamente condenados por su incredulidad; pero, si fueran reprobados, entonces serían obligados a creer que Cristo no murió por ellos. 

C. Opinión de los Remonstrantes sobre el tercer y cuarto artículos que tratan de la gracia de Dios y de la conversión del hombre 

1. El hombre no tiene, por sí y de sí mismo, la fe salvadora, y ni la tiene por los poderes de su propio libre albedrío porque, en su estado de pecado, él es incapaz de sí y por sí mismo, pensar, querer o hacer algo que sea bueno, nada que sea saludablemente bueno, tal como, primeramente, es la fe salvífica. Pero es necesario que, por Dios, en Cristo, a través de su Espíritu Santo, sea regenerado y renovado en su intelecto, en sus afecciones, en su voluntad, y en todas sus fuerzas, con el fin de que sea capaz de correctamente entender, meditar, querer y consumar estas cosas que son saludablemente buenas. 

2. Afirmamos que la gracia de Dios es el principio, el progreso y la consumación de todo el bien, de modo que, ni mismo un hombre regenerado, no es capaz, sin esta precedente, preveniente, excitante, progresiva y cooperante gracia, de pensar, de querer, o de terminar cualquier bien o resistir a cualquier tentación al mal. Por ello, todas la buenas obras y buenas acciones que cualquiera es capaz de concebir son atribuidas a la gracia de Dios. 

3. Aun así, no creemos que todo celo, cuidado, estudio y todos los esfuerzos que son empleados para obtener salvación, antes de la fe y del Espíritu de renovación, son vanos e inútiles; creemos aún menos que todo esto es más perjudicial al hombre de que benéfico, por el contrario, afirmamos que oír la Palabra de Dios, lamentar el pecado cometido, y sinceramente buscar y desear la gracia salvadora y el Espíritu de renovación (nada de esto el hombre es capaz de hacer sin la gracia divina) no es perjudicial o en vano, pero muy útil y extremamente necesario para la obtención de fe y del Espíritu de renovación. 

4. La voluntad del hombre, en un estado de lapso o de caída, y antes del llamado de Dios, no posee la capacidad y la libertad de querer cualquier bien que sea de naturaleza salvífica y, por tanto, negamos que la libertad de querer tanto lo que es saludablemente bueno como lo que es malo esté presente en la voluntad humana en algún estado o condición. 

5. La gracia eficaz, por la cual cualquier hombre es convertido, no es irresistible; aunque Dios influencie la voluntad del hombre, por su Palabra y por operación interna de su Espíritu, concediéndole la capacidad de creer o poder espiritual, que realmente lo hace creer, sin embargo el hombre es capaz de despreciar, de rechazar esa gracia y no creer, por tanto, perecer por su propia culpa. 

6. Aun que, según la libérrima e irrefrenable voluntad de Dios haya una gran disparidad o desigualdad de la gracia divina, aun así el Espíritu Santo quiere conceder, o está dispuesto a conceder, a todos y a cada uno a quienes la Palabra de fe es predicada, la gracia suficiente para gradualmente promover la conversión de los hombres. Por tanto, la gracia suficiente para la fe y conversión es concedida no solamente a aquellos a quienes Dios dice estar deseosos para la salvación, según su decreto de elección absoluta, pero también a aquellos que no son convertidos. 

7. El hombre es capaz, por la gracia del Espíritu Santo, de hacer más el bien de lo que él realmente hace, y de evitar más el mal de lo que él realmente evita, pero no creemos que Dios, simplemente, no quiere que el hombre haga más el bien de lo que él hace y evite más el mal de lo que él evita; tampoco creemos que Dios decretó, de forma determinante, desde toda la eternidad, que cada uno de estos actos seria hecho o evitado. 

8. Aquellos a quienes Dios llama para la salvación, Él los llama seriamente, esto es, con una intención sincera y no fingida de salvarlos. Tampoco suscribimos la opinión de aquellas personas que afirman que Dios exteriormente llama ciertos hombres que no serán llamados interiormente, esto es, aquellos que Él no quiere que sean verdaderamente convertidos, antes mismo de rechazaren la gracia del llamado. 

9. No hay en Dios una voluntad secreta que contraria su voluntad revelada en la Palabra, que según esta voluntad secreta, Él no quiera la conversión y la salvación de aquellos a quienes, por la Palabra del Evangelio y por su voluntad revelada, Él seriamente llama y convida para la fe y salvación. 

10. Sobre este punto, no admitimos una disimulación santa, como es la costumbre de algunos hombres hablar, o de una doble personalidad en la Deidad. 

11. No es verdad que todas las cosas – tanto las buenas como las malas – necesariamente ocurren por fuerza y eficacia de la voluntad secreta de Dios o de su decreto, de modo que todos aquellos que pecan, no son capaces de pecar sin el decreto de Dios. Mucho menos que Dios desea, decreta, y es el administrador de los pecados de los hombres, de sus imprudencias, de sus locuras y de sus actos crueles, también de la blasfemia sacrílega de su propio nombre, que Él mueve la lengua de los hombres a la blasfemia, etc. 

12. Afirmamos también ser un falso y horrible dogma: que Dios por medios secretos impele los hombre a que cometan aquellos pecados que Él abiertamente prohíbe; que aquellos que pecan no actúan en oposición a la verdadera voluntad de Dios propiamente dicha; que aquello que es injusto (esto es, aquello que es contrario a sus preceptos) es agradable a su voluntad; o mejor aún, que esto es verdaderamente un crimen capital contra la voluntad de Dios. 

D. Opinión de los Remonstrantes sobre el quinto artículo que trata de la Perseverancia de los verdaderos creyentes en la fe 

1. La perseverancia de los creyentes en la fe no es el efecto de un decreto absoluto de Dios, por el cual Él eligió o escogió algunas personas, en particular, sin llevar en consideración su obediencia. 

2. Dios provee, a los verdaderos creyentes, poderes sobrenaturales o la fuerza de gracia que le parece ser, según su infinita sabiduría, suficiente para su perseverancia, y para vencer las tentaciones del diablo, de la carne y del mundo. Por tanto, de parte de Dios, no hay nada que los impida de perseverar. 

3. Los verdaderos creyentes pueden caer de la verdadera fe y pueden caer en pecados que no conllevan con la verdadera y justificante fe. Esto no es solamente posible ocurrir, pero esto aún ocurre con frecuencia. 

4. Los verdaderos creyentes son capaces de caer, por su propia culpa, en infames y en atroces maldades, de perseverar y de morir en ellas, y, así, finalmente cayeren y perecieren. 

5. Tampoco creemos que los verdaderos creyentes, aunque puedan a veces caer en pecados graves, que destruyen la conciencia, estén inmediatamente sin cualquier esperanza de arrepentimiento; pero reconocemos que no es imposible de ocurrir que Dios, según la multitud de sus misericordias, pueda llamarlos nuevamente, por su gracia, al arrepentimiento. Además, somos de opinión que esto ocurre frecuentemente, aunque estos creyentes caídos no puedan estar “más plenamente convencidos” sobre este asunto que cierta e indubitablemente ocurrirá. 

6. Por tanto, rechazamos los siguientes dogmas con todo nuestro corazón y alma, los cuales son, diariamente, afirmados en varias publicaciones ampliamente difundidas entre las personas, a saber, que: 

  1. “Los verdaderos creyentes no son capaces de pecar deliberadamente, pero solo por ignorancia y debilidad”. 
  2. “Los verdaderos creyentes por ninguno de sus pecados, pueden caer de la gracia de Dios”. 
  3. “Miles de pecados, hasta todos los pecados de todo el mundo no son capaces de tornar la elección inválida”. Si a esto le fuere añadido: “Los hombres de todos los tipos están obligados a creer que ellos son elegidos para la salvación y, por tanto, son incapaces de caer de esta elección”. Dejaríamos los hombres pensando que una gran ventana de este dogma se abre para una seguridad carnal. 
  4. “No hay pecados, siendo grandes y graves, que sean imputados a los creyentes, pero todos sus pecados presentes y futuros ya fueron perdonados”. 
  5. “Los verdaderos creyentes, cayendo en herejías destructoras, en los más graves y atroces pecados, como adulterio y homicidio, en virtud de los cuales la Iglesia, según la institución de Cristo, es compelida a testimoniar que ella no puede tolerar en su comunión exterior, y que, a menos que estas personas se conviertan, ellas no tendrán parte en el Reino de Cristo; sin embargo, es imposible a ellos caer totalmente y finalmente de la fe”. 


7. Visto que un verdadero creyente es capaz de ahora estar seguro en relación a la integridad de su fe y de su conciencia, así también él es capaz de ahora tener la seguridad de su salvación y de la buena voluntad salvadora de Dios para con él. Sobre este punto, rechazamos totalmente la opinión de los papistas. 

8. Un verdadero creyente, realmente, puede y debe tener la seguridad futura de que él es capaz – por una vigilia diligente, por las oraciones y por otros ejercicios santos – de perseverar en la verdadera fe, y que la gracia de Dios jamás faltará para que él persevere. Pero no entendemos cómo es posible que a él, el tener la certeza, más adelante, que jamás será negligente en su deber, pero que perseverará en la fe y en aquellas obras de piedad y amor que son apropiadas a los creyentes, en esta escuela de milicia cristiana; también no juzgamos necesario que un creyente deba tener certeza de esta perseverancia. 



Referencias: 

Acta Synodi Nationalis Dordrechtanae (Dort: Isaaci Ioannidis Canini Et Sociorum, 1620) pp. 113, 114 e 116 


Traducido al español por Christian Ádonis Barbosa Costa

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